En ‘la lejanía’ ahora se sienten un poco más colombianos gracias a la llegada de la energía

En ‘la lejanía’ ahora se sienten un poco más colombianos gracias a la llegada de la energía

El departamento de Vichada debería tener como segundo nombre ‘la lejanía’, un lejos colorido en el que las lluvias desvanecen las certezas y lo que hoy es una calle seca en la que van y vienen las motos, mañana es un río que lo inunda todo. Así también una piedra justo al final de la Sabana, en la que vive la comunidad de Guaripa con 15 familias y a la que se puede llegar en carro, para los meses de invierno se convierte en una isla a la que solo se puede acceder en bote, pero con dificultad.

A Puerto Carreño, su capital, se puede llegar en avión o no. A quienes les toca la segunda opción les lleva dos días hacerlo desde Villavicencio y tienen que intercalar el carro con la lancha y dormir en Primavera, en algo así como la mitad del camino.

A ‘la lejanía’ la atraviesa el río Orinoco. Y está más cerca de Venezuela que de Colombia y la vida es distinta a la que se conoce en el interior del país. Allá hay peces pequeños y otros gigantes, delfines rosados que en realidad son café claro, y hay anacondas y anguilas.

En varias zonas rurales de la lejanía, donde en un momento del día la calentura suele pasar los 40 grados centígrados, ahora se puede tomar agua fría. Antes no.

Volver a ser colombianos

Orlando Gómez Rodríguez es el capitán del cabildo de Ekonai, y para él la energía eléctrica ha sido mucho más que la posibilidad de conservar los alimentos, tomar las bebidas frías, cargar el celular en casa (y no a 15 minutos en moto en lugar ajeno), poner el equipo de sonido a todo volumen con cumbias que expulsan a Satanás o iluminar los hogares. Cuando se le pregunta por lo que significa contar ahora con el servicio, él no duda un segundo en responder: “somos parte de Colombia”.

Este hombre y su extensa familia pertenecen al pueblo Sikuani. Nacieron en el Alto Vichada donde vivieron hasta los noventas, en Cumaribo, el municipio más grande de Colombia. Por temas de orden público tuvieron que salir corriendo de su tierra para ir a dar a Puerto Carreño donde se estableció en uno de los 770 resguardos indígenas que tiene el país. En el de Orlando hay 17 familias y 98 creyentes de Cristo adscritos a la Iglesia Estrellas de Belén.

La hermana del capitán, Meray, al igual que el resto de las mujeres de la comunidad, teje bolsos y portavasos con la fibra de una planta de la región que luego vende en el pueblo. Antes, Meray, de 32 años y madre de dos hijos, podía tejer solo con la luz del día. Ahora, lo hace también en la noche alumbrada por un bombillo. Dice que la energía no les cambió la vida “porque la vida la cambia es Dios, pero es muy lindo porque ahora podemos poner los parlantes en las vigías que hacemos y entonces Dios nos escucha más”, comenta con una sonrisa tímida pero contundente.

Energía que nos conecta

Una granja solar de 15 metros de largo y cuatro de ancho instalada por el Instituto de Planificación y Promoción de Soluciones Energéticas para Zonas No Interconectadas (IPSE), a pocos metros de la escuela y de la cancha de fútbol hizo la magia. Son 10 paneles solares y una planta diésel de respaldo lo que genera la energía eléctrica a esta comunidad y que hacen sentir a Orlando un poco más colombiano.

Este sistema de generación híbrida (solar-diésel) hace parte de los seis instalados por el IPSE en las comunidades indígenas aledañas a Puerto Carreño: Ekonai (de la comunidad de Orlando), Guaripa, Joval, La Hormiga, Roncador y Morichalito y que beneficia a 94 familias en total.

Particularmente Guaripa fue un reto de energización por las pericias para enfrentar el invierno. “Cuando la piedra en la que vive la comunidad se convirtió en una isla, fue necesario organizar todo para llevar el material hasta allá en bote, pero antes tuvimos que limpiar el camino para poder pasar”, explica Miguel Ángel Arcila Gómez es ingeniero de proyectos de HyG Ingeniería y Construcciones S.A.S., empresa contratista de la obra.

En Guaripa vive Tatiana Tinedo Galvis, una mujer de 25 años que espera la llegada de su segundo hijo para abril. Ella nació en la comunidad Mayera y luego vivió un tiempo en Venezuela donde su abuela, pero por cosas del amor terminó en la isla piedra a la que hace poco llegó la energía eléctrica.

“Ahora podemos asar el pescado que trae el marido bajo la luz del bombillo encendido. No tenemos que comer a oscuras”, explica al tiempo que, confiesa, siente que las cosas para su hijo, el que está por nacer, van a ser más llevaderas porque la energía es un primer paso para estar más cerca de otros servicios y beneficios.

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