El pueblo que esperó por décadas una solución energética limpia y sostenible

El pueblo que esperó por décadas una solución energética limpia y sostenible


La comunidad indígena de Arquía, conformada por la etnia Gunadule, ubicada en zona rural del municipio de Unguía (Chocó) esperó por años la llegada de la energía eléctrica y no por falta de ofertas, sino que no querían una solución contaminante. Fue una decisión enfocada a cuidar su “casa grande”, su territorio, que califican como lo más importante de su cultura.

Hilario Ramírez Quiñónez tiene 65 años y es el Cacique Mayor de la comunidad. En su lengua afirma que, “un indígena sin territorio no es nada”, para luego explicar que, desde la selva del Darién hasta el municipio de Acandí, “todo es territorio sagrado”.

Él lidera el resguardo, ubicado a unos 15 minutos en moto desde el casco urbano del municipio, en el Urabá, en el que viven cerca de 830 personas pertenecientes a este pueblo milenario y ancestral. Otro tanto vive en dos resguardos en Antioquia, en los municipios de Turbo y Necoclí, y algunos más de ellos lo hacen en Panamá.

Incrustados en pleno Tapón del Darién, los Gunadule de Arquía le han tenido que hacer frente a la violencia y a los cambios que han traído sus dinámicas y el paso de los años.

“A través del tiempo y de políticas nos prometieron soluciones, pero nosotros solo queríamos la energía limpia. Hace un año largo empezaron los trabajos y hoy esto es una realidad, tenemos la energía del sol”, comenta Gustavo Izquierdo Echeverry, un hombre de 50 años que nació también en esta comunidad. “Mis abuelos nunca vieron la energía, pero hoy sus familias son beneficiarias en las casas. Esto nos ha cambiado la vida porque antes no escuchábamos vallenato sino solo los trinos de los pájaros”, concluye entre carcajadas.

Gracias a un proyecto liderado por el Ministerio de Minas y Energía, con recursos del Fondo de apoyo financiero y viabilizado por el IPSE, los habitantes de Arquía cuentan con 89 soluciones solares fotovoltaicas individuales que iluminaron sus caminos.

El cacique Hilario apunta también el ahorro de dinero que ha traído la energía del sol. “Gastábamos en velas y si necesitábamos cargar el celular teníamos que ir hasta Unguía. Si era alguien amigo nos cobraba 500 pesos, si no lo era, tocaba pagar mil. También tocaba ir allá a imprimir los trabajos, pero ahora acá tenemos computadora y también impresora y hasta hacemos jugo de mango y de borojó gracias a la energía”, cuenta la autoridad.

Lo de facilitarle la vida a los estudiantes ha sido una de las principales ventajas para este pueblo indígena. Edwin Campillo Ramírez es uno de ellos. Acaba de cursar el primer semestre de Ciencias Políticas y Derecho a distancia en la Universidad de Antioquia. Además, es el secretario de la comunidad. Para él es claro que el estudiar es la forma en la que puede apoyar a las autoridades de su territorio en la preservación del mismo.

“En la universidad estudio la parte occidental, pero siempre lo primordial es nuestra cultura. A mí me gusta el Derecho y acá no tenemos abogados, me gusta para socializar y dialogar con la comunidad porque primero está eso, pero luego también hay que ver cómo está organizado el país”, cuenta Edwin al tiempo que, sentencia: “gracias a los paneles solares es que yo puedo estudiar”.

Édgar Ramírez Villalaz es el rector de la Institución educativa Cuna Yala de Arquía. Tiene 48 años y 27 docentes y 414 estudiantes a cargo. “Las energías de los paneles solares en cada casa son importantes para que los estudiantes puedan hacer tareas. La comunidad aceptó este proyecto porque era energía limpia que no afecta al ambiente ni al agua”, reitera el rector.

La resistencia, las molas y la preservación de la cultura

Una de las cosas que más reciente este pueblo indígena es el cambio de algunas de sus costumbres por cuenta de la guerra. Al no poder cazar como antes por las minas anti personas regadas por el territorio han visto cómo se ha modificado su alimentación y, a su vez, cómo este hecho redunda en su salud y bienestar.

Él cuenta cómo la energía eléctrica también ha servido para darle fuerza a un proyecto con el que buscan dejar de consumir azúcar, para reemplazarla por caña.

“Padecemos enfermedades que no son de nosotros. Consumimos mucha azúcar porque no hay panela ni caña. La idea con esto es ayudar a nuestra salud para mejorarla. El azúcar trae químicos y debemos bajar su consumo”, explica Rogelio al tiempo que, señala, “necesitamos la energía para trabajar de día y de noche, además de la oficina para conectarnos al equipo y realizar las gestiones de la iniciativa”.

Las mujeres también celebran la llegada de la energía eléctrica. En sus labores de la cocina y del cuidado de los niños les es bastante útil, además de servirles para el tejido de las molas, una artesanía especial de este pueblo que también remite a su identidad cultural.

“Las molas significan nuestra protección para la vida, las abuelas decían que cada mola tiene su significado y es para la protección de las mujeres. Antes estábamos sin luz, yo compraba velas y gastaba en eso. Fui beneficiaria cuando llegó la luz que me sirve para cocinar en la madrugada porque puedo ver”, dice Ana Nelba Díaz Bonilla de 29 años y nativa de Arquía.

Es así como actualmente la energía limpia del sol, astro al que consideran en su cultura como “el padre”, le ha permitido a esta comunidad indígena mejorar su calidad de vida, impulsar proyectos productivos y seguir conservando su “casa grande”.

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